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Calvin & Hobbes

 

 
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Bottom Line

Para ser considerado “clásico” se deben cumplir una serie de condiciones. Al finalizar la lectura se tiene que haber sentido pertenecer al particular universo que se describa y quedarse siempre con ganas de más, contrariado por su final. Esta huella que deje la obra debe permanecer indeleble y resistir en toda su integridad el paso […]

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Posted 30/12/2012 by

 
Reseña
 
 

PackCalvinPara ser considerado “clásico” se deben cumplir una serie de condiciones. Al finalizar la lectura se tiene que haber sentido pertenecer al particular universo que se describa y quedarse siempre con ganas de más, contrariado por su final. Esta huella que deje la obra debe permanecer indeleble y resistir en toda su integridad el paso de los años y la llegada de nuevos elementos a la clasificación. “Calvin & Hobbes”, sin que pueda admitirse objeción alguna, son un clásico.

El uso de niños con recursos intelectuales superiores a lo que se le supone a su edad y un comportamiento cuando menos revoltoso es una licencia poética que se ha utilizado en infinidad de ocasiones. Desde el más edulcorado Daniel El Travieso hasta la tormenta adrenalítica de Shin Chan, pasando por la politizada Mafalda, criaturillas más o menos adorables han filosofado y comentado el mundo y sus miserias casi desde el nacimiento del cómic como lenguaje. Pero pocas con la gracia y la viveza de ésta obra maestra que Ediciones B recopila en cuatro primorosos e imprescindibles tomos.

Un niño, un tigre, un mundo

Calvin tiene seis años y un tigre de peluche con el que habla e interactúa en su viva y exuberante imaginación. Desde lejos lo calificaríamos como “diablillo”, aunque los que lo sufrieran tuvieran epítetos menos cariñosos que dedicarle. Lo mismo filosofa con la agudeza de un Master de Oxford que se muestra como soñador irreductible. Entretanto, tortura a sus padres, profesores, compañeros y vecinos con ocurrencias dignas del más entrañable de los gamberros.

Las tiras, que se publicaron entre 1985 y 1996, versan sobre infinidad de temas. Leeremos reflexiones sobre economía, sociedad o el lugar del hombre en el Universo mezcladas con las deliciosas y alocadas trastadas de Calvin. Todo, con una agilidad sobresaliente y dando lecciones en cada una de cómo manejar el formato de tira cómica. Bill Watterson estructura éstas con la mayor virtud que ha de tener una tira: la síntesis. Es capaz de narrar con un sencillo dibujo o un breve texto en la última viñeta todo un discurso que los demás no seríamos capaces de desarrollar en menos de treinta páginas. El golpe de efecto final de cada tira es un puñetazo al mentón. Watterson dispara cargas de profundidad al intelecto del lector con excelente puntería.

No nos ha de extrañar, pues, que se publicara en más de 1800 periódicos de todo el mundo. A nuestro entender, la fusión de profundos pensamientos sobre nuestro mundo con chistes inteligentes y divertidísimos convierten a “Calvin & Hobbes” en la cumbre de éste formato de cómic. Heredero directo de los “Peanuts” de Schulz o el “Pogo” de Walt Kelly, los adelanta en gracia, inteligencia y, por supuesto, en el apartado gráfico.

Una imagen vale más que doce mil palabras

Bill Watterson es un dibujante excepcional porque excepcional es la capacidad narrativa de sus dibujos. Su dominio magistral de la expresión humana y la expresividad corporal de los personajes sirve a la narración con la misma importancia que el texto. E incluso más. La ausencia casi total de fondos típica del formato asustaría a cualquier otro ya que resulta mucho más difícil ocultar las carencias. Watterson no sólo esquiva este problema sino que, como los buenos delanteros, pide el balón al hueco y ve puerta con facilidad.

La capacidad descriptiva de su plumilla debería fijar un nuevo patrón y servir de guía a cualquiera que desee iniciarse. El estudio de su trazado nos muestra un movimiento ágil que no se pierde en métricas y cuadrículas. Fluye con espontaneidad. No se detiene en detallismos excesivos que ralenticen la lectura y diluyan el efecto inmediato y de shock que busca. Cada viñeta es una pequeña obra de arte cuyo visionado no cansará por muchas que sean las veces que volvamos sobre ellas.

Un hombre curioso

Alguien que nombra sus personajes con los nombres de un teólogo y un filósofo y los convierte en una divertidísima historieta no puede sino ser un tipo interesante. Imagen que reforzamos cuando averiguamos que el fin de la serie tuvo como origen su enfrentamiento con los poderosos sindicatos de distribución que dominan el negocio de los cómics en EE.UU. y su negativa a seguir enclaustrado en los rígidos márgenes que imponen a la edición de tiras de prensa.

Es obligado calificar así a quién, a pesar del evidente potencial, se ha negado a la realización masiva de merchandising con sus personajes. William B. Watterson nació en 1958 y fue el ganador más joven del “Outstanding Cartoonist of the Year” que otorga la

National Cartoonist Society. Vive retirado desde 1996 y, aunque se ha insinuado en varias ocasiones, no ha vuelto a publicar nada nuevo desde entonces. Para desgracia nuestra.


José Luis Martín de Las Heras

 
Nací en Alicante hace dos veces veinte años, Estudié Políticas y jugué al fúbol, con desastroso resultado en ambos casos. Ahora, dedicado a la fiscalidad de empresas, continúo alimentándome con eso que llamamos “novela gráfica”, aderezando todo con su poquito de grindcore.


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