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Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo

 

 
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Número de páginas: 476
 
Historia
 
 
 
 
 


 
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Una maravillosa recopilación de crónicas con valor tanto histórico como literario.

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Si se lee del tirón puede provocar sobredosis de "british". Conviene dosificarlo.


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Posted 10/06/2015 by

 
Reseña
 
 

Navidades de 1939. Las bombas alemanas caen del cielo y restallan sobre el lomo del viejo Londres, que se agazapa entre barricadas listo para aguantar el chaparrón. En su habitación del hotel, armado con casco y máquina de escribir, el único corresponsal español en la ciudad teclea apresuradamente su columna diaria, mientras a su alrededor el skyline londinense se aplana bajo el fuego y la metralla. El nombre del periodista es Felipe Fernández Armesto, pero todo el mundo le conoce como Augusto Assía.

Actualmente, las editoriales han comenzado a reivindicar a los grandes periodistas españoles del siglo XX, sacándolos de las polvorientas hemerotecas para dedicarles libros y bibliografías. Tal ha sido el caso de Camba, Gaziel, Xamar o Chaves Nogales. Ahora, le toca el turno a Augusto Assía. El responsable de esta nueva acción editorial ha sido Libros del Asteroide, un rescate de justicia que pone en relieve el valor de la crónica no sólo como documento histórico sino también como ejemplo de pura literatura.

Resistir y atacar

Por todos es sabido que el avance implacable de la Alemania nazi intentó tragarse de un bocado la isla de Inglaterra: lo intentó por aire, lo intentó por mar, pero finalmente the Rock (tal y como la bautiza Shakespeare) no sólo resistió el embate sino que lo devolvió por triplicado. Porque los ingleses saben que hay una hora para ser golpeados cual yunque, y una hora de devolver los golpes cual martillo. Augusto Assía fue un testigo de excepción: corresponsal de “La Vanguardia” en Londres, escribió tantas crónicas sobre el conflicto que sólo unas pocas, las 120 más representativas, han sido seleccionadas para esta edición.

El libro se organiza en dos mitades, una correspondiente a la guerra defensiva (“Cuando yunque, yunque”) y otra correspondiente a la guerra ofensiva (“Cuando martillo, martillo”). Cada parte se compone de varios epígrafes que siguen los avatares del conflicto: los comienzos titubeantes, la escalada bélica alemana, un breve período para lamerse las heridas del Blitz, y la posterior recuperación que da paso a la ofensiva británica. Se acabó el tiempo del yunque y comienza el del martillo: las intervenciones en el marco europeo, mazazo a mazazo, hasta desembocar en el fin de la guerra y la victoria de los aliados.

El libro de Augusto Assía supone, a primera vista, una crónica de guerra. A través de sus artículos, podemos ser testigos de episodios bélicos como el Graf Spee, la derrota de Dunquerque, el Blitzkrieg, el bombardeo de Coventry, etc… Pero el periodista no se limita a desgranar victorias y derrotas sino que se permite analizar, elucubrar, sacar conclusiones, hacer predicciones y, en definitiva, realizar juicios no por arriesgados menos certeros.

El principal efecto (del Blitzkrieg), hasta ahora, ha sido económico. En cierto modo, puede decirse que los bombardeos contra Londres vienen a tener, más o menos, el efecto de un bloqueo.

Con casco y bombín 

Afirma el corresponsal que el inglés hace la guerra con casco y bombín. Hay quien dice que los británicos son una raza tranquila y flemática:. Por ejemplo, el español cuando se enfada se pone rojo y golpea con el puño la mesa, mientras que el inglés como mucho levanta una ceja y susurra “intolerable” ¿Eso lo convierte en una persona pacífica? Según Augusto Assia, gran conocedor de la idiosincrasia anglosajona, rotundamente no. Es un error frecuente, y que se paga muy caro, el confundir cortesía con mansedumbre.

La raza inglesa es hoy, como ha sido durante los últimos quinientos años, la estirpe más belicista, guerrera y agresiva que existe en el mundo. Tan agresiva, guerrera y belicista que no necesita hacer alarde de ello. Sólo los flojos necesitan disfrazarse de lobos. Al fuerte le conviene ponerse piel de cordero.

Resulta natural entonces que Inglaterra, a diferencia de otros países europeos, no disponga de ejército profesional. Saben que cuando llegue la hora, todo el pueblo es un ejército.

Pero no sólo de virtudes bélicas habla Augusto Assía. En tiempos de guerra, la naturaleza inglesa se aferra a sus ancestrales y excéntricas costumbres como una especie de identificador nacional: la delectación por lo ornamental, la cortesía a prueba (literalmente) de bombas, el derecho a disentir (Let’s agree that we disagree!”), el té de las cinco, vestirse de smoking para cenar, las pelucas del Parlamento o el imperdonable error de confundir a un milord con un míster Es muy difícil que un inglés deje de comportarse, al margen de las circunstancias, como un inglés.

En cierta ocasión, pude leer un cartel oficial que decía “Con tu coraje, con tu decisión, con tu cortesía, ganaremos la guerra”. Cualquier país hubiese pedido valentía y determinación a los suyos; solo Inglaterra podía pedir, además, el mantenimiento de las formas.

Los engranajes del Imperio

El corresponsal dedica muchos artículos no sólo a la guerra o a la naturaleza del pueblo inglés, sino también a descifrar el preciso engranaje que hace funcionar tan vasto imperio. Assía dibuja un mapamundi de las colonias británicas o países relacionados con la isla: China y Singapur; las diferencias entre ingleses, galeses y escoceses; amplios apartados dedicados a la India e incluso una serie de claves para la convivencia entre el soldado inglés y el americano, tan distinto como la noche y el día.

Soldado americano: tan cómico como suena para ti el acento inglés, suena para los ingleses tu acento, con la diferencia de que el suyo es el verdadero inglés, y, por tanto, resulta doblemente ridículo que consideres la diferencia como motivo para hacer burla de los ingleses.

Una pluma al servicio de los aliados 

Tal y como afirma Ignacio Peydró en el soberbio prólogo para esta edición, hoy en día difícilmente podríamos catalogar las crónicas de Augusto Assía como periodismo: su afiliación aliadófila, sus giros retóricos y su admiración por todo lo británico, convierten esta recopilación en una obra literaria  más que periodística. En algunos momentos la prosa del corresponsal se vuelve casi elegíaca,  viendo siempre el vaso medio lleno y buscando las luces en los lugares sombríos para realizar un retrato favorecedor de su isla adoptiva.

Sin embrago, esta libertad para con los cánones de la profesión le permite emplear un lenguaje y unos recursos de altísimo valor literario, convirtiendo los áridos textos históricos o las crónicas más estrictas en una delicia para los lectores. Y no sólo por la claridad de su exposición y la elección de los contenidos, herencia de su buen hacer como informador, sino también a través de deliciosas notas ambientales, de esas que no se enseñan en ninguna escuela de periodismo.

 Envuelta en oscuridad y niebla, la ciudad semeja el fondo de un inmenso océano, y los londinenses, buceando por las calles con sus lámparas eléctricas, parecen peces fosforescentes.

“El periodismo exige siempre estar donde hay que estar”

Augusto Assía, seudónimo de Felipe Fernández Armesto, nació en A Mezquita (Ourense, España) en 1906. Periodista precoz, publicó sus primeros artículos en el diario El Pueblo Gallego, de Vigo. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Santiago de Compostela, amplió estudios en Berlín, desde donde empezó a colaborar con La Vanguardia, diario en el que escribió durante la mayor parte de su vida. Expulsado de la Alemania nazi por sus crónicas críticas con el nacionalsocialismo, fue enviado como corresponsal a Londres, papel que después desempeñaría en Bonn, Nueva York y Washington.

Al término de sus casi cien años, Augusto Assía podía mirar por el retrovisor y recordar riñas con Goebbels, complicidades con Churchill, visitas al Saint Simeon de Randoplh Hearst, clases de Einstein y Sartre, polémicas con Baroja y Valle-Inclán y tratos con espías soviéticos como Philby o agentes dobles como Garbo. Es una constatación del extraordinario carácter mercurial de un hombre capaz de gozar, al mismo tiempo, de la amistad de exiliados tan dispares como una reina de España y un presidente de la República española. ¿Qué otro personaje tuvo oprtunidad, sin salir de Londres, de compartir mesa con Franco y ejercer de anfitrión de Indalecio Prieto? (…) Si, Assía cumplió siempre con aquel primer mandamiento del periodismo que exige siempre estar donde hay que estar.

Leyre Segura Azkune

 
Mercenaria del arte y la palabra escrita, he trabajado como periodista, profesora, investigadora y conferenciante siempre al servicio de divulgación cultural. Soy licenciada en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid y toda mi trayectoria, tanto académica como laboral, está dirigida a la difusión cultural.


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