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El constructor de árboles

 

 
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Bottom Line

La primera novela de Chris Howard irrumpe en el panorama bajo la etiqueta de ecothriller. Minotauro nos ofrece una edición de “El constructor de árboles”, historia de los supervivientes de una hecatombe de grandes proporciones que ha dejado al mundo desnudo y reducido a un amasijo de hierros. La esperanza y la nostalgia se traducen […]

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Posted 01/05/2013 by

 
Reseña
 
 

La primera novela de Chris Howard irrumpe en el panorama bajo la etiqueta de ecothriller. Minotauro nos ofrece una edición de “El constructor de árboles”, historia de los supervivientes de una hecatombe de grandes proporciones que ha dejado al mundo desnudo y reducido a un amasijo de hierros. La esperanza y la nostalgia se traducen en el nuevo arte con el que unos pocos constructores pretenden rememorar lo que crece a partir de las ruinas de la civilización. 

Banyan es un trotamundos que viaja en su carro de un lado a otro dedicándose a lo único que sabe hacer para ganarse el pan: construir árboles usando chatarra. Con cada encargo que consigue, gana lo indispensable para proveerse de combustible y maíz hasta un nuevo destino. Sin embargo, una serie de encuentros fortuitos lo ponen tras la pista de su padre desaparecido, sacándolo del estupor de la rutina y haciéndole soñar con un paraíso donde crecen árboles de verdad.

Un mundo devastado

La acción transcurre en Norteamérica, pero se presume una catástrofe mundial. Salvo los seres humanos y las langostas, todas las formas de vida en la Tierra han sido exterminadas. El aire se ha vuelto irrespirable y las ciudades se han visto reducidas a cenizas. Cunde el pánico y el caos entre los supervivientes.

Siglos después, el pillaje constituye aún la institución fundamental que articula la formación de grupos, tanto de los que lo practican como de los que se defienden. Encuentros de carretera, piratas punk y escasez de combustible hacen que sea inevitable pensar en la saga cinematográfica de “Mad Max”.

Se alude a menudo al largo invierno nuclear, sin llegar a saberse a qué fue debido, si a la colisión de un meteorito, a un cataclismo atómico, o a una explosión volcánica descomunal. En general, el trasfondo del desastre se mantiene abierto.

El maíz es lo único que crece de los cultivos y no es devorado por las langostas gracias a la manipulación genética. No obstante, la producción está monopolizada por una sola corporación, GenTech, que asegura con mano dura su control sobre los alimentos.

Levedad de estilo

La novela se desarrolla en primera persona y en un registro desenfadado que pretende proyectar la fachada macarra del personaje principal. La narración responde a una suerte de minimalismo literario, en el que impera la economía de palabras. La descripción se reduce al mínimo en pos de la primacía de la acción y la concisión.

Podríamos decir que este libro pertenece al grupo de novelas de ciencia ficción que da más peso a la línea argumental que a la forma. Lo que no es, necesariamente, un atributo negativo. Por ejemplo, encontramos en el mismo saco “Las estrellas, mi destino”, de Alfred Bester, que es considerado un clásico del género. Se trata de un formato que garantiza el entretenimiento que, en este caso, parece ser la prioridad del autor.

Sin embargo, creemos que este estilo sucinto no funciona del todo bien con el ritmo que se impone en “El constructor de árboles”. En algunos pasajes, los hechos se precipitan vertiginosamente y se hacen difíciles de asimilar por el lector, creando un ambiente de escepticismo que amenaza con romper el pacto de ficción. La brevedad de los capítulos y el abuso de fórmulas, como la inclusión de apariciones imprevistas en las últimas líneas para mantener el suspense, contribuyen al desentendimiento de la historia.

Algunos personajes, como el propio Banyan o el guardián, están muy bien perfilados y experimentan una evolución creíble a medida que avanza el argumento. Los diálogos transmiten espontaneidad, pero a veces retratan reacciones un poco incoherentes.

Ecología y ciencia ficción

Las obras con escenario post-apocalíptico brotaron con profusión durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Muchos autores de la época expresaron su preocupación por la amenaza nuclear. Títulos como “Cántico por Leibowitz” de Walter M. Muller Jr. o “La bomba increíble” del poeta español Pedro Salinas —que abordan el tópico de manera tan distinta— son sólo dos de los innumerables ejemplos que podrían citarse.

La metáfora del mundo devastado es sumamente potente y nunca llegó a dejarse de lado en el ámbito de la distopía y la crítica social. Sin embargo, durante los últimos años se ha notado un repunte del fenómeno, alentado por las preocupaciones relacionadas con el cambio climático mundial y el desarrollo sostenible de la civilización. Obviamente no es un árbol que crece en el vacío, sino que cuenta con un sustrato de sólidos antecedentes, entre los que se encuentran autores de sobra conocidos como J. G. Ballard con “El mundo sumergido” o Ursula K. Le Guin con su magistral “El nombre del mundo es bosque”.

El título de Chris Howard encaja muy bien en la línea de planteamientos ecologistas contemporáneos dentro del género. Un terreno donde Paolo Bacigalupi pareció erigirse como referencia tras publicar “La chica mecánica” en 2009. Ambas novelas encuentran un lugar común en su reflexión sobre la violencia ejercida por las multinacionales que monopolizan los bienes de primera necesidad.

Los ingredientes de este cóctel son los siguientes: por un lado, condiciones ambientales muy hostiles en las que se malogran las cosechas y muchas bocas que alimentar. Por otro, tecnología punta bajo el control exclusivo de grandes corporaciones, que permite la manipulación de semillas. El dilema ético está servido, se presenta bajo una caricatura del proceso de globalización, cuyo realismo se antoja espeluznante.

Sobre el autor

Chris Howard es un escritor emergente que nació cerca de Londres, aunque abandonó Inglaterra cuando tenía diecinueve años. En la actualidad vive en Denver, Colorado. Estudió Gestión de Recursos Naturales y trabajó para el National Park Service. Se proclama un gran amante de la música y los viajes. Ha grabado tres álbumes y, durante los últimos años, ha organizado viajes de aventura para adolescentes en diferentes lugares del mundo.

Estamos seguros de que no será la última vez que oigamos su nombre, pues ha reconocido que “El constructor de árboles” será sólo la primera entrega de una saga, y ya se ha puesto manos a la obra con el segundo volumen.

De momento, podemos decir del primer título que sienta las bases de un universo post-apocalíptico con muchas incógnitas por descubrir y que puede dar mucho de sí. Se trata de una novela entretenida, de ritmo trepidante y argumento muy cinematográfico.


Raúl Fernández Cobos

 
Perdido en el universo de los libros. Me licencié en Física por la Universidad de Oviedo y en Antropología Social y Cultural por la UNED. Actualmente vivo en Santander, donde desarrollo mi labor investigadora en Cosmología.


  1.  
    Raúl Fernández Cobos

    Hola, Carol. Muchas gracias por pasarte y comentar. A mi parecer las dos novelas son como el agua y el aceite. Comparten marco apocalíptico, pero el tratamiento es completamente distinto. McCarthy utiliza una prosa mucho más elaborada y le imprime a la narración un aire solemne, mientras que Howard pretende únicamente que su historia resulte entretenida.




  2.  
    Carol

    Al leer la reseña me ha parecido vislumbrar algunas semejanzas con The road de McCarthy, no sé si estoy en lo cierto. Me pareció una novela sublime y original, aunque no es un género en el que suela moverme.





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