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El mundo de Roche

 

 
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Robert L. Forward nos deja una lección magistral de cómo escribir ciencia ficción dura con “El mundo de Roche”, un título canónico que recoge en catálogo La Factoría de Ideas y donde se relata el devenir de la primera expedición humana a otro sistema planetario. Todo un regalo para la imaginación, que combina originalidad y […]

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Posted 24/07/2013 by

 
Reseña
 
 

Robert L. Forward nos deja una lección magistral de cómo escribir ciencia ficción dura con “El mundo de Roche”, un título canónico que recoge en catálogo La Factoría de Ideas y donde se relata el devenir de la primera expedición humana a otro sistema planetario. Todo un regalo para la imaginación, que combina originalidad y un sorprendente rigor científico mientras compone paisajes imposibles.

En vista de los datos recogidos por una sonda robótica en el sistema Barnard, los Grandes Estados Unidos planean llevar a cabo el primer viaje interestelar de la Historia. La GNASA desarrolla un protocolo de selección para reunir en una tripulación de veinte personas a los individuos más cualificados para el proyecto. Pese a tratarse de una misión civil, el mando de la Prometeo recae sobre Virginia Jones, general de los Marines Espaciales. Pero las características del viaje que les llevará el resto de sus vidas impondrán una dinámica propia a las relaciones interpersonales y definirán un nuevo horizonte de expectativas.

Un viaje extraordinario

El descubrimiento de un sistema planetario en torno a Barnard, una estrella situada a seis años luz de distancia del Sol, es el detonante para que el personal de la GNASA se plantee la posibilidad de añadir un nuevo orden de magnitud a la escala de la exploración humana.

Veinte tripulantes viajarán a las estrellas a bordo del Prometeo. La leve pero constante aceleración provocada por la presión de la luz del Sol incidiendo en el vacío sobre una gran vela fotónica de trescientos kilómetros de diámetro será suficiente para impulsar la nave espacial hasta los confines del Sistema Solar. Para recorrer el resto del viaje, será necesario el impulso de un sistema láser de alta potencia instalado en la órbita de Mercurio y reflejado en una lente construida entre las órbitas de Saturno y Urano. Tras acelerar al Prometeo durante diecinueve años, el láser le proporcionará una velocidad de crucero del veinte por ciento de la velocidad de la luz.

A pesar de todo, el viaje llevaría demasiado tiempo como para que una tripulación adulta llegara a Barnard en plenitud de facultades y llevara a cabo una investigación pormenorizada del sistema planetario. Por esta razón, se recurrirá al No-Muerte, un fármaco que ralentiza todos los procesos metabólicos y convierte sus razonamientos en los de un niño pequeño.

Un complejo ordenador capaz de interactuar con la tripulación será el responsable de gestionar la nave y mantener a salvo a los humanos, tanto durante el viaje como una vez arribado a su destino. Para ello contará con el Arbusto Navideño, una representación física con estructura fractal y capacidad de manipular objetos.

Paisajes de otro mundo 

La exploración del sistema Barnard proporciona al autor una excusa para recrear impresionantes paisajes que a primera vista desafían a la intuición. La trama está salpicada de momentos que rozan el lirismo, a los que se añade el contrapunto de una sorprendente explicación científica. Por otro lado, Forward describe la dinámica planetaria de su sistema ficticio hasta el más nimio detalle.

Barnard es una estrella mucho más pequeña que el Sol en torno a la cual -en la novela- gira un planeta descomunalmente grande, llamado Gargantúa. Este gigante gaseoso tiene cuatro veces la masa de Júpiter y es el centro de toda una corte de de lunas de las que, al menos cuatro, podrían pasar por planetas en nuestro Sistema Solar.

Sin embargo, hay otro extraño mundo que gira en torno a Barnard y cuyo prometedor análisis justificaría toda la expedición. En realidad, está compuesto por dos planetoides ligados gravitatoriamente y se ha bautizado como Roche, por Édouard Roche, el astrónomo francés que en 1848 estudió el efecto gravitatorio que ejercen los planetas sobre sus satélites.

Éste descubrió que, bajo ciertas condiciones, el satélite podría llegar a deformarse a causa de las fuerzas de marea. Justo lo que ha ocurrido con los dos lóbulos del extraño planeta Roche: dos mundos suspendidos uno encima del otro, tan cercanos que comparten la misma atmósfera. Uno de los planetoides es rocoso, mientras que el otro está cubierto por un océano de agua y amoníaco.

Realidad y ficción en Roche

Tenemos ante nosotros una novela que define el canon de la llamada ciencia ficción dura. Una narración que pone especial énfasis en el rigor científico de la trama, aderezando el texto con descripciones técnicas muy detalladas. Aunque aún estamos a años luz de realizar un viaje interestelar, el marco sobre el que se plantea en el texto cae dentro de lo posible de cara a un futuro en el cual la tecnología permita explotar los recursos de todo el Sistema Solar. 

“El mundo de Roche” es un ejercicio soberbio de imaginación, con la añadidura de haber sido concebido con una base científica sólida. Aunque a día de hoy se conocen centenares, se ha de tener presente que en 1990, año de publicación de la novela, no se habían observado planetas extrasolares (¡la primera detección confirmada tuvo lugar en 1992!). Las exposiciones que aparecen en la narración sorprenderán y encandilarán tanto a los amantes del subgénero como a los duchos en mecánica celeste o astrobiología.

En el aspecto literario nos encontramos frente a una obra correcta y agradable de leer. No obstante, acusamos cierto distanciamiento entre el texto y los personajes que, en algunos pasajes, parecen quedar en segundo plano. La personalidad de los tripulantes suele mostrarse de manera indirecta, lo cual muchas veces resulta positivo. Sin embargo, al terminar de leer queda una sensación de potencial desaprovechado, de que tal vez algo más de sociología habría complementado una novela ya de por sí espectacular.

De la ciencia a las novelas

Robert Lull Forward (1932-2002) desarrolló su carrera en el campo de la ingeniería aeroespacial y es otro de los muchos ejemplos de científicos que desembocaron en la escritura de ciencia ficción. Se doctoró en la Universidad de Maryland tras desarrollar una antena pensada para medir ondas gravitacionales. Después trabajó para la Hughes Aircraft Company, donde continuó sus investigaciones. Llegó a publicar más de doscientos artículos y once novelas.

Tras haber escrito Huevo de Dragón (1980) y su secuela Estrellamoto (1985), se retiró de la investigación en 1987 para dedicarse enteramente a la literatura. En 1993 publicó Camelot 30K, el título elegido en quinto lugar para engrosar el catálogo de Solaris Ficción de La Factoría de Ideas.

“El mundo de Roche” ha sido publicado por la misma editorial y constituye una apuesta sólida por la ciencia ficción dura en nuestro país. Un título imprescindible para los incondicionales del subgénero y para aquellos que, aún creyéndose dudosos, hayan disfrutado de la lectura de obras como “Cita con Rama” de Arthur C. Clarke, la trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson o “Cronopaisaje” de Gregory Benford.


Raúl Fernández Cobos

 
Perdido en el universo de los libros. Me licencié en Física por la Universidad de Oviedo y en Antropología Social y Cultural por la UNED. Actualmente vivo en Santander, donde desarrollo mi labor investigadora en Cosmología.


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