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El verano que empieza

 

 
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Bottom Line

Era cuestión de meses que “L’estiu que comença” (Editorial Planeta) llegase a las librerías en lengua castellana. Tras haber ganado el Premio Ramon Llull 2013 y vender 34.000 ejemplares en catalán, Sílvia Soler demuestra que a menudo los grandes relatos no necesitan irse a otro mundo buscando la inspiración. El nuestro es lo suficientemente complejo […]

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Posted 07/08/2013 by

 
Reseña
 
 

Era cuestión de meses que “L’estiu que comença” (Editorial Planeta) llegase a las librerías en lengua castellana. Tras haber ganado el Premio Ramon Llull 2013 y vender 34.000 ejemplares en catalán, Sílvia Soler demuestra que a menudo los grandes relatos no necesitan irse a otro mundo buscando la inspiración. El nuestro es lo suficientemente complejo para crear una novela emocionante y nostálgica como pocas.

Un jardín, un pueblecito costero. Por sí solos no dicen nada, pero si los adornamos con risas y una bonita mesa lista para la cena logran recrear un espacio sublime. Haciendo de sus propios recursos una forma de vida, Elvira y Roser se han unido desde pequeñas para no separarse jamás. Eso mismo les gustaría para sus hijos, una eterna amistad o incluso un romance. El futuro se presenta incierto, no obstante ellas disfrutan de su última tarde playera antes de ser madres sin percatarse de que comienzan a escribir la historia de sus descendientes.

Unidos desde antes de nacer

Sorrals, un municipio ficticio próximo a la ciudad condal, es el escenario donde la autora recrea la vida de dos mujeres jóvenes. Amigas desde siempre, ahora están a punto de compartir también una maternidad cuya excusa servirá para reunir a ambas familias cada noche de San Juan.

La tradición arranca el verano de 1961. Andreu Balart, el hijo de Elvira, había nacido el 1 de Junio. Júlia Reig se había hecho de rogar y llegaría en un día muy especial: el día en que en diversas zonas de nuestra geografía los ciudadanos salen a saltar sobre el fuego en busca de protección y buena suerte.

La familia Reig aumenta con el nacimiento de Ruth e Ignasi. Celebrar la noche de San Juan en casa de los Balart es un ritual para adultos y pequeños, deseosos de arrancar la ansiada temporada estival en compañía de quienes mejor les entienden. Ya en plena adolescencia y consciente del universo al que pertenece, Andreu brindará por “El verano que empieza” convirtiéndolo en un símbolo imprescindible.

Año tras año asistiremos al encuentro de las dos familias con el paso inexorable del tiempo como fiel compañero. Precisamente porque los buenos momentos son efímeros y los malos irrumpen cuando uno menos los espera, el verano en que Andreu y Júlia cumplían los 18 años la tragedia llamó al teléfono. Desde entonces todo cambia, sin embargo sus vidas estarán destinadas a cruzarse.

Medio siglo de historia

Cincuenta años de vida dan para mucho: infancia, juventud, amistades emergentes, instituto, universidad, el primer amor, los inicios en el mundo laboral, la independencia, el matrimonio, la maternidad… entre los acontecimientos que nos aguarda el privilegio de vivir, no faltan los oasis de calma precedidos por rachas de tempestad. “El verano que empieza” habla de esos chupitos de felicidad acomodados en ocasiones fugaces, supervivientes a los maltratos del azar.

Los catorce capítulos de la novela nos sitúan en las diferentes etapas de nuestros personajes empleando la elipsis como enlace frecuente entre apartados. El ejercicio de imaginación está garantizado, aunque Sílvia Soler nos da pistas de por dónde circulan los protagonistas. La grandeza de “El verano que empieza” reside en la facilidad con la que apela al corazón de cualquier lector. Sentirse identificado con alguno o con varios aspectos es lo menos que le puede pasar, pues Soler alardea de un interesante ejercicio de observación de la realidad.

La historia se cuenta desde la perspectiva del narrador que conoce en profundidad los pensamientos de cada uno de los actores, se divierte con ellos en los instantes de jolgorio y llora a su lado cuando el desamparo es inminente. La fluidez del texto se debe a los diálogos frecuentes, haciendo natural y cercano el día a día de Júlia, responsable de su clínica de psicología infantil de Sorrals, y Andreu, bibliotecario de la susodicha localidad.

Reminiscencias del pasado

No determinan el curso del relato, pero las referencias a sucesos ocurridos en España en los últimos cincuenta años son habituales. ¿Casualidad que el año de nacimiento de Soler sea el mismo que el de los protagonistas? Improbable. Nadie mejor que ella para explicar a través de las experiencias de Júlia y Andreu una etapa cambiante de nuestra reciente historia.

La noche de la celebración del decimoquinto cumpleaños de Júlia los paisanos acuden a la primera verbena tras la muerte de Franco. En otro de los capítulos el narrador alude con especial ahínco a la década de los 80: el atentado en el Hipercor de Barcelona, la amenaza del agujero en la capa de ozono o la seguridad con la que se tachaba a los enfermos de sida de leprosos del siglo XX. Eran, en definitiva, los años de escuchar Alan Parsons Project en el Walkman y leer como novedad literaria “Tiempo de cerezas” de Montserrat Roig.

Del humor a la nostalgia

Natural de Figueras, la periodista y escritora Sílvia Soler se mantiene activa usualmente en un tono más cómico que el que hoy presentamos. “39+1. La edad en que una mujer sabe que el hombre de su vida es ella misma” y “39+1+1. Enamorarse es fácil si sabes cómo”, conforman sus exitosas publicaciones bajo el sello Planeta.

“El verano que empieza” no es su única novela galardonada. Le preceden “Mírame a los ojos” (Premio Fiter i Rossell 2003) y “Besos de domingo” (Premio Prudenci Bertrana 2008). Sus trabajos están relacionados con temas hogareños, amistades fructíferas, desaguisados típicos de la raza humana. A su vez, “El verano que empieza” no podía haberse editado en castellano (traducción a cargo de Alejandro Palomas) en fecha tan oportuna. En El Mar de Tinta estamos seguros de que será el capricho playero por excelencia.


Cristina Aibar García

 
Soy una periodista madrileña especializada en radio. El dominio de la palabra nos hace más fuertes, y en mi carrera de fondo por lograrlo cobra gran importancia la lectura. Su presencia en mi vida se la debo a mi madre, quien desde muy pequeña me inculcó su amor por la literatura. Otras de mis aficiones son pintar y practicar escalada. Ambas, junto al placer de leer, dejan que roce por momentos la agradable sensación de libertad.


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