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Ganadores del concurso de microrrelatos “Ocultos”

 

 
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¡Ya es lunes! Y, en El Mar de Tinta, estamos encantados de poder presentar los microrrelatos de nuestros ganadores. Todos ellos recibirán un ejemplar del libro de Jordi Sierra i Fabra “Ocultos”, por cortesía del sello Montena (Random House Mondadori).  ¡Muchas gracias por participar y feliz lectura! Os dejamos aquí los cuatro relatos: SOMBRAS ALQUÍMICAS […]

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Posted 28/05/2012 by

 
Reseña
 
 

¡Ya es lunes! Y, en El Mar de Tinta, estamos encantados de poder presentar los microrrelatos de nuestros ganadores. Todos ellos recibirán un ejemplar del libro de Jordi Sierra i Fabra “Ocultos”, por cortesía del sello Montena (Random House Mondadori).  ¡Muchas gracias por participar y feliz lectura!

Os dejamos aquí los cuatro relatos:

SOMBRAS ALQUÍMICAS

 El tremendo fogonazo resonó con un gran estruendo en la pequeña y escasamente iluminada estancia, tan fuerte, que el compacto horno se quebró. El alquimista empezó a toser a causa del abundante humo mientras se apresuraba a apagar las llamas que salían del maltrecho horno  vertiendo nerviosamente un caldero de agua sobre ellas.

Disipó las negras volutas de humo con rápidos movimientos de su mano mientras seguía tosiendo. Su mirada recorrió todo el laboratorio comprobando que nada había sido dañado. Todo seguía en su sitio, los antiguos grimorios escritos en lenguas olvidadas con sus páginas de pergamino viejo mostrando intrincados diagramas cabalísticos seguían abiertos encima de la mesa, intactos, los cristalinos frascos llenos de componentes parecían estar bien… el Cinabrio, el Vitriolo… nada se había dañado.

La sensación de alivio que trajo el comprobar que la explosión no había causado daños se disipó, de la misma forma que las volutas de humo hacia un momento, cuando el hombre volvió de nuevo su mirada hacia el horno alquímico, o lo que quedaba de él.

Un desgarrador grito resonó en la estancia, los ojos del sabio, abiertos como platos en el rostro desencajado, no daban crédito a la visión contemplada frente a ellos. Pasos vacilantes hacia atrás le llevaron a tropezar con la mesa y hacer que los frascos cayeran al suelo haciéndose añicos. El alarido de horror terminó sólo para ser sustituido inmediatamente por otro aun más aterrador y agudo que dio pasó a un silencio repentino.

Relato escrito por Alejandro Sebastián

 ***

-Y ¿por qué he sufrido tanto? Muy sencillo: porque no la maté  en su momento. El muchacho no tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero siguió tras él.

-Es cierto que éramos jóvenes, pero uno sabe lo que está bien y lo que está mal. ¡Incluso a esa edad en que pareces tonto de remate! –añadió con aspereza-. Debí haberlo hecho cuando entró por mi ventana para alimentarse pero, en vez de eso, nos enamoramos.

El hombre, ya entrado en años, suspiró con melancolía.

-No es que no supiera lo que hacía, claro que sí: dos o tres noches por semana volaba sobre Dustwitch para sorberle la sangre a algún caminante solitario. Está mal, sí, pero ¿qué iba a hacer yo? ¡Era su marido! Y, no obstante, lo peor eran los niños. ¡Siempre estaba tras ellos! ¡Le encantaban! Y ¿sabes qué hice? Nada, sino darle gusto.

Su acompañante frunció el entrecejo, con incipiente intranquilidad.

-Las gentes estaban espantadas ante las noticias y, una noche, inevitablemente, la vieron entrar aquí. Ese mismo día vinieron, con armas y fuego, y acabaron con ella.

El hombre abrió la rejilla que había en la puerta y miró al interior.

-Esto es todo lo que queda de ella –dijo apartándose para dejarle hueco.

Cuando el muchacho se asomó, vio a tres niños con el ansia pintada en los ojos. Súbitamente, la puerta se abrió y el hombre le empujó hacia ellos.

Relato escrito por Pablo Bueno

***

 

 Me he vuelto a sentar junto a la ventana, mirando entre los barrotes, a la hora justa del atardecer en la que el sol enrojece y se esconde perezoso tras el perfil difuso de los árboles del jardín. A esa hora, todos los días, me gusta sentarme a mirar hacia ese baile trémulo de luces y si con suerte aparecen nubes los colores se funden entre si, formando un mosaico borroso de manchas que me relajan el espíritu y vacían mi mente de cualquier capacidad de respuesta. Me gusta sentirme así, incapaz de responder a los estímulos, formar parte del paisaje, creerme en el primer plano de un mal cuadro en el que los tonos son exagerados y los contrastes mal delimitados. Me hace feliz.

 

La cabeza del doctor Cifuentes que sostengo entre mis manos rompe la armonía que formo con el universo entero a esa hora dulce del atardecer. Sus gafas de concha, que siempre se subía con ése aire de suficiencia ultraterrena tan odioso, se le han clavado en el ojo izquierdo y el olor invasor de la sangre se sobrepone, victorioso, sobre la peste insufrible de su carísimo perfume de hortera en celo que nunca más llenará mi cuarto con su presencia cuasi humana durante horas.

 

Lo que no me hace tan feliz es lo de la enfermera. Era guapa. Y simpática. Su sonrisa de muchos euros en ortodoncia no me relajaba, ni llenaba, ni excitaba, ni alegraba, pero no molestaba. No debería de haber estado aquí, pero estaba. Qué cabrón el destino. Frente a mí, su cuerpo desmadejado se desangra despacio por la vía abierta bajo su oreja. Qué triste es comprobar como la belleza que tanto esfuerzo cuesta conseguir se evapora instantáneamente entre borbotones de sangre. Pobrecilla. Y éso que ella era quién sacaba a Isaías de su cuarto y lo traía a mi lado en el jardín. Nos sentábamos en el banco junto al pino y contábamos las hormigas que correteaban entre las raíces, siendo unos días muchas y otros pocas, que son bichos inquietos las jodías y no hay forma de que se estén tranquilas a la sombra para poder numerarlas e identificarlas, con el fin de poder saludarlas por sus nombres la tarde siguiente.

 

Pero Isaías ya no está. Se marchó para siempre porque era muy viejo, me dijeron, porque estaba enfermo, me insistieron, pero no me lo creí. Sigo sin creérmelo, sigo sin aceptar que Isaías se fuera sin más, sin un adiós, sin un hasta luego, dejándome sólo con las hormigas y mis atardeceres de colores.

 

El otro tipo no se quién es. La pata de la silla se le ha incrustado a la izquierda del esternón y parece una malformación hereditaria que le hubiera surgido del pecho. Muerto tiene aún más cara de imbécil que cuando estaba vivo y entró con el galeno y la enfermera en mi cuarto con una pila de documentos escritos en un idioma que dudo mucho que nadie conozca que querían que firmase. Les pregunté por Isaías y no quisieron responderme, les rogué, les supliqué, que me contaran como fue, como se apagó, como me dejó solo en el jardin, sentado en el banco junto al pino,  pisoteando las putas hormigas, olvidando mis tardes borrosas de colores ácidos. Pero no me lo dijeron.

 

Los golpes en la puerta son cada vez más fuertes. No creo que aguante mucho, así que pronto estarán aquí, me rodearan, me atarán y se me llevarán a otro sitio entre gritos y empujones. Ya me conozco la historia, me ha pasado tantas veces que confundo los lugares, los nombres, los uniformes, los barrotes, los atardeceres…

 

Sólo espero que donde me lleven tengan ventanas.

 

Relato escrito por “Rigor O’ Mortis”

***

GÉNESIS


Desde hacía tiempo, se había dedicado a llevar una vida contemplativa y aburguesada. Ajeno al mundo exterior, se limitaba a dejar pasar el tiempo disfrutando de los placeres más primitivos. Sin embargo, un día, sin saber cómo, su situación dio un giro de ciento ochenta grados. Una fuerza instintiva hizo que saliera súbitamente de su letargo. Notaba como si todo se precipitara cuesta abajo. Sintió vértigo. La burbuja que lo había albergado, su fortaleza blindada, se había desmoronado y un torrente lo conducía, irrefrenablemente, a un lugar desconocido. Por primera vez, el frío se extendía sobre su piel. Aquel nuevo ambiente era hostil y desconcertante. Rompió a llorar. Atrás quedaba su anonimato en un paraíso a la medida. De repente, una serie de sonidos abemolados se dirigieron hacia él. No comprendía su significado, pero justo después de que su madre lo arropara y le dijera que lo quería, dejó de sentir frío. Ahora, no era él quien lloraba.

Relato escrito por  Carlos Pérez Álvarez

***

A lo largo del día de hoy, los cuatro ganadores recibirán un correo electrónico con la información necesaria para que “Ocultos” pueda llegar a sus casas cuanto antes.  ¡Esperamos que estén atentos al email!

Queremos agradecer a todos los participantes del concurso su esfuerzo e ilusión.

¡Hasta el próximo concurso!

 


Almudena Avilés Martínez

 
Periodista y futura historiadora del Arte. Actualmente compagino mi trabajo en una mutua con mi pasión por la lectura. Además me gusta el cine, la ciencia, el arte, la música, la cocina y, de vez en cuando, esbozar cuentos para niños que espero algún día ver publicados.


One Comment


  1.  
    Pablo

    Hola!
    Muchas gracias por el concurso y por la página ¡es estupenda!
    Un comentario: en el segundo relato falta la última frase. Es esta:

    “-Sí, los niños –dijo alejándose-. Ella siempre se preocupaba por nuestros niños.”

    ¡Un abrazo!





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