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La carretera

 

 
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Bottom Line

Cormac McCarthy se adentra en las lindes de la ciencia ficción con una novela post-apocalíptica cargada de emotividad. Un texto excelente que traslada al lector a un mundo agonizante, donde unos pocos supervivientes intentan preservar la humanidad perdida. El amor que un padre siente por su hijo contrastará con las infamias que se verán obligados […]

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Posted 12/08/2013 by

 
Reseña
 
 

Cormac McCarthy se adentra en las lindes de la ciencia ficción con una novela post-apocalíptica cargada de emotividad. Un texto excelente que traslada al lector a un mundo agonizante, donde unos pocos supervivientes intentan preservar la humanidad perdida. El amor que un padre siente por su hijo contrastará con las infamias que se verán obligados a presenciar.

Un padre y un hijo caminan solos arrastrando un carrito entre las cenizas de un mundo. El invierno nuclear se hace cada vez más difícil de sobrellevar y su propósito es seguir la carretera hacia el sur, en busca de mejores condiciones para sobrevivir. Tendrán que aplacar el hambre rapiñando entre ruinas y cadáveres, defenderse de aquellos que se han visto arrastrados a la barbarie y enfrentar la desolación sin dejarse vencer por sus propios demonios.

Una marcha por el ocaso de los tiempos

Un hombre camina de la mano de un chico y arrastra un carrito con víveres. El cielo lleva cubierto años y el aire sigue saturado de ceniza. El frío gana terreno en la noche y se aloja en el interior de los huesos de aquellos que intentan dormir a la intemperie. Pese a todo, las duras condiciones ambientales no son el único peligro del que preocuparse y han de permanecer alerta, siempre ocultos, evitando hacer fuego en espacios abiertos y con el revolver a mano.

Se proponen viajar hacia el sur. Huyen del invierno, de la muerte, del pasado y del futuro. Es la marcha desesperada de un niño nacido en la pesadilla y un hombre que se resiste a perder la esperanza.

El dolor de la pérdida es omnipresente. El chico observa con ahínco cada una de las cosas que construye, repara o transforma su padre con aquello que encuentran entre despojos. Pero, a la vista del padre, todo se disuelve irremediablemente. El idioma mismo se ha quedado huérfano y se sume en el olvido al carecer de referentes.

Alma de clásico

Cuando empezamos a leer “La carretera” se nos vino irremediablemente a la cabeza la experiencia que brinda una primera lectura de “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago. Creemos que la razón reside en el hecho de estar leyendo una historia post-apocalíptica —que inconscientemente encajamos en una categoría de entretenimiento— escrita en clave de clásico literario, cuya forma asociamos a otro tipo de tramas.

La casi total ausencia de nombres propios en la novela, contribuye a la analogía. Como si se quisiera resaltar el anonimato de la destrucción, esta historia de padre e hijo se presenta en clave genérica. Tal vez en un intento por elevarla a la categoría de paradigma.  

McCarthy nos ofrece en este título una prosa concisa, compuesta de frases cortas, que abusa del polisíndeton sin resultar asfixiante. Todos estos rasgos, junto con unos diálogos cargados de silencios,  contribuyen a que el texto se contagie de la languidez de un mundo que agoniza, de la ofuscación que levanta una lucha sin tregua en un callejón sin salida.

La dicotomía del nuevo homo economicus

A juzgar por su tenacidad y los conocimientos que muestra a lo largo de la novela, el protagonista se erige como el símbolo del hombre civilizado por excelencia. Nosotros llevamos el fuego, le dice a su hijo en medio de la devastación, cual Prometeo sobre el que pesa la responsabilidad de preservar la humanidad. Lo percibimos, en este sentido, como un lavado de cara del mito de Robinson Crusoe.

Pero, a pesar de todo, como homo economicus —al menos en su sentido más clásico— muestra una contradicción esencial. Aunque no deja de contraponer dilemas éticos ante la postura descarnada de aquellos que han cedido al salvajismo, el autor ha querido superar este concepto imprimiendo a su personaje una motivación que da al traste con un planteamiento puramente racional: el amor incondicional por su hijo. Un chico que, por otro lado, encarna la semilla de la nueva humanidad.   

La novela de McCarthy no es pionera, ni mucho menos, en procurar una revitalización del náufrago de una civilización abrazada al progreso. Tal vez las puestas en escena más sonadas hayan sido “El libro de la selva” de Rudyard Kipling y “Tarzán de los monos” de Edgar Rice Burroughs. Pero podemos encontrar otros ejemplos más recientes y ligados a contextos apocalípticos, como “La Tierra permanece, donde George R. Stewart convierte a su protagonista en el germen de la reconstrucción de la sociedad; o “Cántico por Leibowitz” de Walter M. Muller Jr., en cuyas páginas una orden religiosa es la encargada de preservar el saber humano durante la era de oscuridad.

Un autor de renombre

Cormac McCarthy es un aclamado escritor estadounidense. Es autor de algunos títulos que sonarán seguro al lector, como “No es país para viejos”, llevado al cine por los hermanos Cohen en 2007. Ganó el National Book Award con su novela “Todos los caballos” en 1992 (adaptada también a la pantalla grande por Billy Bob Thornton en el año 2000), que posteriormente se convertiría en el primer volumen de la “Trilogía de la frontera”, junto con “En la frontera” y “Ciudades de la llanura”.

“La carretera” fue galardonada con el Premio Pulitzer en la categoría de ficción en 2007. Su adaptación cinematográfica —una versión bastante fiel al texto— llegó solo dos años después, de la mano de  John Hillcoat. La novela ha sido editada en nuestro país por la editorial Random House Mondadori en su colección DeBolsillo.

Debido a su absorbente argumento y elevada calidad literaria, desde El Mar de Tinta queremos recomendar esta novela no solo a los entusiastas de la ciencia ficción, sino a todos aquellos que gocen con la buena literatura. Porque, como ya hemos mencionado, este título tiene alma de clásico. 


Raúl Fernández Cobos

 
Perdido en el universo de los libros. Me licencié en Física por la Universidad de Oviedo y en Antropología Social y Cultural por la UNED. Actualmente vivo en Santander, donde desarrollo mi labor investigadora en Cosmología.


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