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Las cosas que amamos: el Holocausto Judío a través de un reloj

 

 
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Bottom Line

Cuando un escritor consigue, por primera vez, que una de sus obras se traduzca al castellano, es buena razón para que El Mar de Tinta se haga eco de ello. No sólo se beneficia el autor, capaz de llegar a millones de personas, sino también el lector, fiel descubridor de grandes artistas de la palabra. […]

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Posted 31/07/2012 by

 
Reseña
 
 

Cuando un escritor consigue, por primera vez, que una de sus obras se traduzca al castellano, es buena razón para que El Mar de Tinta se haga eco de ello. No sólo se beneficia el autor, capaz de llegar a millones de personas, sino también el lector, fiel descubridor de grandes artistas de la palabra. “Las cosas que amamos” de Pam Jenoff (Editorial Random House Mondadori) es el caso más reciente.

La ficción se mezcla con la historia para trasladarnos a la época de la Segunda Guerra Mundial y al drama del Holocausto Judío. Si bien es cierto que abundan multitud de libros relatando lo ocurrido en esos años, “Las cosas que amamos” pretende darle un giro especial utilizando como protagonista un reloj fabricado en 1903. Su contenido es fundamental para la defensa de un anciano acusado de colaboracionismo nazi medio siglo después.

Pero partamos de la ciudad de Filadelfia en 2009. Allí vive y trabaja de abogada en casos de menores Charlotte Gold, joven treintañera cuyos comienzos en el mundo del derecho se habían basado en hacer prácticas en el Tribunal de Crímenes de Guerra de La Haya. Sus objetivos profesionales se ven truncados tras el abandono de su novio Brian y la muerte de su madre a causa de un cáncer de pulmón.

Historia de amor universitaria

Charlotte era una brillante alumna de derecho. En el verano previo al último año de carrera todo el esfuerzo invertido se ve recompensado con una beca en La Haya, ciudad en la que conoce al también aspirante a abogado Brian Warrington. Ambos comparten inquietudes profesionales, empleo temporal en el Tribunal de Crímenes de Guerra y un futuro juntos que diseñan antes incluso de volver a Manhattan.

Sin embargo, el idílico mundo recién creado dura sólo unos meses. Charlotte viaja a Filadelfia para ver a su madre, Winnie. Lo que se suponía que iba a ser una estancia corta, se convierte en un ir y venir cada fin de semana al enterarse de que Winnie está gravemente enferma. La distancia entre Charlotte y Brian aumenta irremediablemente hasta el punto de que el corazón de Brian empieza a pertenecer a otra mujer.

Con una vida hecha pedazos de un año para otro y después de morir la madre, Charlotte acaba sus estudios y renuncia a una última beca para volver a La Haya. Decide solicitar plaza como abogada de oficio y se instala en Filadelfia. Transcurren diez años hasta que un día abre la puerta de su despacho y se encuentra a Brian. El objetivo de su visita no es, ni mucho menos, reparar el daño sentimental ocasionado una década antes, sino pedir ayuda para defender a su cliente Roger, acusado de colaborar con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

El turbulento pasado de Roger

La cómoda existencia de un anciano millonario llamado Roger Dykmans se torna gris entre las paredes de prisión sin previo aviso. Dykmans es director de una sociedad bursátil en Alemania y hermano de Hans, diplomático al que se le atribuye la salvación de miles de judíos en el Holocausto. Lo llamativo del caso es que a Roger se le acusa de haber delatado a su propio hermano y por ende, de haber provocado el fallecimiento de Hans y de todos aquellos a los que iba a socorrer.

A continuación aparece en escena Brian, convencido de la inocencia de su cliente Roger pero sin pruebas para demostrarlo. Obtener el indulto lo catapultaría a la fama dentro del bufete, donde podría pasar a ser un reconocido socio. Difícilmente lo logrará si su cliente sigue empeñado en no soltar prenda; de ahí que recurra a su ex, una especialista en el Holocausto y descendiente de supervivientes judíos.

A pesar de las dudas en cuanto a colaborar con quien tanto daño le había hecho en su juventud, Charlotte accede un tanto desconfiada. Viaja a Munich a encontrarse con Jack, hermano de Brian y también abogado implicado en la investigación. Ella hará que Roger empiece a dar pequeñas pinceladas de su pasado. La primera pista les conduce a Polonia, su casa de la infancia. Entre los documentos encontrados en la buhardilla aparece una carta dirigida a Magda que Roger jamás llegó a enviar. Ella es su gran amor y la clave de la novela.

Un reloj: la prueba maestra

Paralelamente al drama carcelario del anciano, se suceden varias historias de las primeras décadas del siglo XX en las que no falta el protagonista por excelencia: un reloj. Su fabricante es un agricultor de Baviera. El “reloj de aniversario” en el que lleva trabajando casi un año es una vía de escape hacia América para él y su familia. Están en 1903 y el acoso a los ciudadanos judíos es una realidad. Johann, como así se llama, es uno de ellos.

La venta del reloj a un viajero por una buena cantidad le supone el pasaporte hacia el otro lado del Atlántico. Pero el viajero no será el último propietario de tan importante tesoro, e irá pasando de generación en generación hasta converger con el relato inicial de la novela.

Entre tanto, los viajes por Europa siguiendo el rastro de pistas imposibles no se detienen. A Jack y a Charlotte se les une Brian más tarde, provocando situaciones incómodas producidas a causa de la enemistad entre los hermanos. A su vez, Charlotte anda desconcertada por los cambios de humor de Jack, desde su aparente desprecio a su tierna mirada. Eso sin olvidar que la cicatriz del abandono de Brian, prácticamente curada, vuelve a abrirse con su sola presencia.

Pam Jenoff da el salto

No es casualidad que la norteamericana Pam Jenoff haya escrito sobre esta temática. Licenciada en Relaciones Internacionales y en Historia, Jenoff trabajó como asistente del secretario del ejército en el Pentágono y como funcionaria del consulado estadounidense en Cracovia. Fue allí donde comenzó a investigar el Holocausto. Desde entonces no ha parado de publicar artículos y de asesorar a varias organizaciones.

Plasmar su sabiduría en “Las cosas que amamos” ha sido un experimento redondo. Ya está considerado como un Best Seller y ha conseguido que lo traduzcan al castellano, de modo que cuenta con varios millones de lectores potenciales a los que sorprender con un libro ameno de casi trescientas páginas. En ellas encontramos misterio y amor, pero sobre todo la idea de que las segundas oportunidades existen.


Cristina Aibar García

 
Soy una periodista madrileña especializada en radio. El dominio de la palabra nos hace más fuertes, y en mi carrera de fondo por lograrlo cobra gran importancia la lectura. Su presencia en mi vida se la debo a mi madre, quien desde muy pequeña me inculcó su amor por la literatura. Otras de mis aficiones son pintar y practicar escalada. Ambas, junto al placer de leer, dejan que roce por momentos la agradable sensación de libertad.


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