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Las leyes de la frontera: delincuencia juvenil posfranquista

 

 
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Bottom Line

En 1978 Gerona es una ciudad de posguerra donde las fronteras morales y sociales se palpan en cada rincón. La ciudad está rodeada por un cinturón de barrios ocupados por emigrantes llegados de todos los puntos de España. El joven Ignacio Cañas es uno de ellos. Sin embargo, su padre es funcionario y los suyos […]

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Posted 05/11/2012 by

 
Reseña
 
 

En 1978 Gerona es una ciudad de posguerra donde las fronteras morales y sociales se palpan en cada rincón. La ciudad está rodeada por un cinturón de barrios ocupados por emigrantes llegados de todos los puntos de España. El joven Ignacio Cañas es uno de ellos. Sin embargo, su padre es funcionario y los suyos viven mejor que la mayoría de los charnegos (término con el que se definía a los no gerundenses).

Mientras Ignacio reside en el conocido actualmente como barrio de la Devesa, los menos afortunados habitan los albergues provisionales, al otro lado del río Ter. Allí vive el Zarco, líder de la banda de ladrones más famosa del lugar. Sólo doscientos metros separan la casa de Ignacio de la del Zarco. No obstante, la diferencia de clases y de oportunidades supone una barrera infranqueable…salvo porque a los dieciséis años las fronteras son más porosas que nunca.

Ignacio vs “Gafitas”

Ignacio pasa por momentos personales complicados en los meses previos a conocer al Zarco. Siempre había tenido su grupo de amigos y todos ellos iban al mismo colegio. Un día, aparece un nuevo compañero llamado Narciso Batista. Inicialmente se llevan bien, pero en seguida se adueña de su grupo y le convierte en víctima de numerosos episodios violentos en los que Batista ocupa el puesto de director de orquesta.

Al final llega el verano e Ignacio se refugia en su casa para evitar encontronazos desagradables con Batista. El miedo se apodera de él hasta el punto de pisar la calle en contadas ocasiones. Las primeras semanas lo soporta, pero a continuación el aburrimiento inclina la balanza en detrimento del miedo y decide visitar los recreativos Vilaró. En una de esas tardes aparece el Zarco acompañado de Tere, dos jóvenes mayores que él con aspecto de quinquis. Cruzan algunas palabras y en ese preciso momento Ignacio asume el apodo de “Gafitas”.

No es de extrañar que el muchacho se sienta un tanto cohibido cuando se topa con ellos: se mueven demostrando seguridad en cada paso que dan, dejando entrever que saben lo que quieren y cómo apañárselas para conseguirlo. Para un adolescente acostumbrado a ser humillado, es fácil deslumbrarse ante personas con tanto aplomo.

Si bien es cierto que al principio Ignacio se muestra reticente a unirse a la banda del Zarco, es cuestión de tiempo que se transforme en un participante más durante los numerosos robos perpetrados (especialmente de casas, coches y bancos). La autoestima del Gafitas aumenta, como aumenta su consumo de drogas y su estúpida obsesión con Tere, supuesta novia del Zarco. 30 años después, un escritor ficticio se acerca a los supervivientes para tratar de plasmar la verdad desmitificada del Zarco y no la versión heroica habitual.

La frontera azul

Javier Cercas calca la delincuencia juvenil de la Transición dotándola de ficción y realidad a partes iguales. Es inevitable hacer guiños hacia lo que fue su propia experiencia, pues por entonces Cercas vivía en la zona de la Devesa y visitó los barracones del otro lado del río. En esta novela ha tratado de reconstruir lejanos recuerdos guardados en su memoria.

Uno de esos recuerdos traslada a los lectores de mediana edad a la serie japonesa “La frontera azul”. El imperio chino había caído en manos de Kao Chiu convirtiendo la tierra fértil en un desierto. Un grupo de hombres capitaneados por Lin Chung le plantan cara, condenándose a vivir escondidos en las riberas del río Liang Shan Po. La frontera era, además de patente, simbólica, puesto que significaba la separación entre el bien y el mal. Para Ignacio la serie era una prolongación de lo que él estaba descubriendo con la banda del Zarco en el verano del 78.

Otra aproximación a la realidad tiene que ver con el protagonista por excelencia: el Zarco. El Zarco como tal no existió, pero sí lo hizo Juan José Moreno Cuenca, “El Vaquilla”, fallecido en 2003. Al igual que el personaje del Zarco, El Vaquilla es el ejemplo destacado de una generación de jóvenes marginales que crecieron en la delincuencia. Numerosas noticias de prensa atestiguan la similitud entre ambos.

Más allá de la historia del Zarco

“Las leyes de la frontera” está contada de una forma anodina. Empleando el diálogo entre un escritor y sus fuentes (una de ellas y la fundamental, Ignacio Cañas), Cercas consigue meternos en el relato como si estuviese sucediendo en el preciso instante en que se lee. El cometido de dicho escritor inventado es convertir en novela la huella que dejó el Zarco, pero el resultado goza de matices y de relatos paralelos en torno a la adolescencia, la toma de decisiones, la violencia, el amor, la lealtad y las traiciones.

El origen de la obra se remonta a la labor de documentación que Javier Cercas realizó para “Anatomía de un instante”. Aparecieron por doquier noticias de políticos y, curiosamente, también de los quinquis de la Transición. Posteriormente y según contó en la presentación de “Las leyes de la frontera”, asistió a una exposición que se hizo en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona sobre los quinquis de los 80 y se preguntó porqué ellos estaban muertos y él no. Dar con la respuesta le llevó a meterse de lleno en la narración que hoy trasladamos.

La conclusión: casi cuatrocientas páginas estructuradas en tres capítulos sorprendentes a cada momento. La intensidad crece a ritmo constante provocándonos interrogantes diversos sobre las consecuencias de nuestros actos y la propia interpretación de la libertad. Absolutamente recomendable.


Cristina Aibar García

 
Soy una periodista madrileña especializada en radio. El dominio de la palabra nos hace más fuertes, y en mi carrera de fondo por lograrlo cobra gran importancia la lectura. Su presencia en mi vida se la debo a mi madre, quien desde muy pequeña me inculcó su amor por la literatura. Otras de mis aficiones son pintar y practicar escalada. Ambas, junto al placer de leer, dejan que roce por momentos la agradable sensación de libertad.


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