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Paria Z

 

 
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Bottom Line

La literatura de temática zombi parece oscilar entre dos tendencias fundamentales. Por un lado están las historias que dan un peso importante a la amenaza representada por los muertos vivientes, ofreciendo imágenes de una gran crudeza no aptas para estómagos sensibles. Sin embargo, cada vez cobra mayor importancia un tipo de narración centrada en describir […]

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Posted 30/09/2012 by

 
Reseña
 
 

La literatura de temática zombi parece oscilar entre dos tendencias fundamentales. Por un lado están las historias que dan un peso importante a la amenaza representada por los muertos vivientes, ofreciendo imágenes de una gran crudeza no aptas para estómagos sensibles. Sin embargo, cada vez cobra mayor importancia un tipo de narración centrada en describir a un grupo de supervivientes que, en ocasiones, apenas interactúan con los cadáveres reanimados. Así, los zombis devienen en la excusa perfecta para analizar el comportamiento de unos cuantos seres humanos sometidos a una tremenda presión.

Y eso es, precisamente, lo que encontramos en “Paria Z”. Unos pocos meses después de que estallara una misteriosa plaga que ha convertido a la mayor parte de la población del planeta en cadáveres ambulantes ansiosos por devorar carne humana, un puñado de neoyorquinos sobrevive a duras penas en un pequeño edificio. Rodeados por un gran número de revividos, los protagonistas de la novela afrontan de maneras bien distintas su terrible situación, mientras las provisiones se van agotando y la muerte por inanición parece ser su inevitable destino.

Los inquilinos del  número 1620, avenida York

Repartidos por los diversos apartamentos del inmueble, encontramos tanto a solitarios como a parejas (alguna de ellas ciertamente peculiar). Karl es un joven aficionado a la pornografía que se instaló en  Nueva York huyendo de un padre totalitario, y Alan es un pintor de gran talento dedicado a plasmar en papel y lienzo a los zombis que deambulan por el exterior del edificio. Y en la terraza, aislado del resto de inquilinos, el afroamericano Dabney sobrevive atormentado por desconocer el destino de su familia

Luego tenemos a Abe y Ruth, una pareja de judíos octogenarios cuya convivencia resulta cada vez más difícil, y a Mike y Ellen, un matrimonio joven que perdió a su bebé poco después del inicio de la epidemia. Y, por último, conoceremos a Eddie, un matón descerebrado que se refiere a sí mismo como “el Cometa”, y a Dave, un joven apocado, incomprensiblemente enamorado de su compañero, feliz por tener la tarea de satisfacerle sexualmente. Su relación es bien compleja, ya que Eddie no deja de considerarse todo un macho a pesar de todo, mientras que Dave ha descubierto su vena homosexual y se siente satisfecho con la misma, si bien no lo está tanto con el modo en el que se comporta su “pareja”.

Llega Mona

Al principio de “Paria Z”, todos los supervivientes anteriormente descritos están en las últimas. Hace tiempo que sobreviven estirando al máximo la escasa comida disponible, y dependen de la lluvia para conseguir algo de agua potable. Su refugio no es sino una prisión en la que languidecen conscientes de que, tarde o temprano, el hambre o la sed acabarán por poner fin a sus vidas. Pero, sorprendentemente, ocurre algo que va a dar un vuelco considerable a la situación.

Un día, mientras observa la calle, Abe asiste atónito a la aparición de una joven que se mueve con total tranquilidad entre los muertos vivientes, los cuales no soportan su presencia y se apartan a su paso. Tras conseguir llamar la atención de la muchacha y lograr ayudarla a acceder al edificio, la muchacha se presentará al grupo como Mona, y pronto se hará patente su condición de criatura muy especial.

Dejando a un lado su misteriosa capacidad para repeler a los zombis, varias son las rarezas de Mona: extremadamente parca en palabras, se pasa el día oyendo por sus auriculares música estridente a todo volumen. Además, parece incapaz de expresar (tal vez incluso de sentir) emoción alguna. Pero su milagroso talento la convertirá en la salvadora de los refugiados en el edificio y, tras su llegada al mismo, las privaciones serán cosa del pasado. Aunque nuevos problemas y obsesiones tomarán el lugar de aquellas, sobre todo cuando algunos de los supervivientes crean descubrir cuál es el motivo de la capacidad de la joven para evitar los ataques de los revividos.

Las eternas debilidades humanas

Una vez superada la apatía inicial inducida por la malnutrición, cuando las continuas salidas de Mona les proporcionan alimentos y comodidades varias, cabría esperar por parte del resto de inquilinos del inmueble un enorme agradecimiento y una convivencia tranquila dentro de los límites impuestos por el particular asedio al que se ven sometidos. No obstante, la peculiar personalidad de la joven genera antipatía e incomprensión en algunos personajes, mientras que en otros despierta sentimientos lujuriosos.

Cuando en determinado momento se vulnera su privacidad y se descubre la supuesta razón de su don, la situación se vuelve cada vez más compleja y se toman decisiones abocadas al desastre. La desconfianza entre los habitantes del  1620 de la avenida York, las tensiones entre parejas, la abrumadora estupidez de Eddie (uno de esos personajes a los que se detesta de inmediato, y cuyas acciones parecen más propias de un adolescente de escasa inteligencia que de un hombre adulto)… Todo contribuye a que lo que debería ser una existencia tranquila a la espera de que los muertos vivientes acaben por pudrirse y desaparecer (si es que tal cosa es posible), esté plagada de situaciones incomodas que acabarán por precipitar un final desastroso para algunos de los protagonistas de la novela.

Una vez más, como suele ser habitual en este tipo de historias, la estupidez humana resulta infinitamente más peligrosa y letal que los zombis. Aunque estos, a pesar de ocupar un segundo plano, siempre estarán dispuestos a beneficiarse de nuestros errores.

Del cómic a la novela

Bob Fingerman es un reputado autor de cómics y novelas gráficas. Su serie “Minimum Wage”, recopilada en forma de novela gráfica, fue publicada en su día por Dolmen en el volumen “Salario mínimo (Beg the Question)” en 2009, si bien el resto de su obra gráfica permanece de momento inédita en nuestro país.

En 2006, Fingerman decidió dar un salto cualitativo y  escribir una novela, “Bottomfeeder”, en la que daba una versión muy personal y alejada de todo romanticismo de los avatares de un vampiro de clase obrera. Dicha novela tampoco ha conocido de momento una edición en castellano, pero en El Mar de Tinta creemos que tal situación no durará demasiado.

¿El motivo? La extraordinaria calidad de “Paria Z” (“Pariah” a secas en su versión original), una novela excelente que consigue  resultar original en un campo temático tan explotado como es el de la narrativa zombi. La habilidad como narrador de Fingerman es indudable, y el modo en el cual maneja a sus personajes, haciendo que evolucionen a lo largo de la historia de modo que sus actos resulten impredecibles, es algo poco habitual en el género.

Una gran novela… y algo más

Entre la enorme cantidad de novelas y antologías centradas en los muertos vivientes que se siguen acumulando en nuestras librerías, es fácil que “Paria Z” pase desapercibida. Pero sería algo a todas luces injusto, pues no sólo nos encontramos ante una obra que derrocha talento: a modo de atractivo extra, a lo largo del libro podemos disfrutar de un buen número de ilustraciones que Fingerman, en un guiño hacia el lector, ha firmado con el apellido del joven artista residente en el edificio donde transcurre la acción de la novela.

En resumidas cuentas, “Paria Z” es un libro excelente que merece figurar en un lugar destacado entre la colección de literatura zombi de cualquier buen aficionado. Y, como toda buena obra, motivará en el lector el deseo de adquirir más obras de Bob Fingerman. Ojalá los responsables de La Factoría de Ideas nos acaben sorprendiendo gratamente un día de estos.


José Rafael Martínez Pina

 
Nací en 1973. Me licencié en Filología Inglesa en la Universidad de Alicante, y soy profesor de inglés en mi propia academia. A pesar de trabajar doce horas al día, inexplicablemente encuentro tiempo para leer dos o tres libros cada semana. Además de la lectura, me apasionan la música, el cine, las buenas series de televisión, la comida china y escribir.


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