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Zona zombie

 

 
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Bottom Line

De un tiempo a esta parte, al pasar por la sección dedicada a la literatura de Terror en una librería, cualquier aficionado al género puede observar que se ha producido una invasión. Los invasores tienen nombres y orígenes diversos, pero todos poseen algo  en común: han regresado de la muerte con un hambre insaciable de […]

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Posted 20/05/2012 by

 
Reseña
 
 

De un tiempo a esta parte, al pasar por la sección dedicada a la literatura de Terror en una librería, cualquier aficionado al género puede observar que se ha producido una invasión. Los invasores tienen nombres y orígenes diversos, pero todos poseen algo  en común: han regresado de la muerte con un hambre insaciable de carne humana. Protagonistas de un sinfín de novelas, los zombies tienden a prodigarse en sagas literarias en las cuales los escritores pueden desarrollar con amplitud los devastados mundos por los que se mueven. David Moody lleva años dedicado a su particular serie, de la cual Minotauro nos acaba de ofrecer la tercera entrega: “Zona zombie”.

 Hace algo menos de dos meses, tuvo lugar el fin del mundo. Más del noventa y nueve por ciento de la población mundial falleció de manera repentina y veloz. Cuarenta y ocho horas después, alrededor de un tercio de los cadáveres volvieron a la vida. Los escasos seres humanos inmunes, diseminados por todo el planeta, comenzaron una lucha sin tregua por la supervivencia. Una lucha que, en la mayoría de las ocasiones, estaban condenados a perder.

 Tanto en “Septiembre zombie” como en “Ciudad zombie”, los libros que precedieron en su día a “Zona zombie”, asistimos a los avatares de un buen número de personajes. Algunos de ellos (Emma, Michael, Cooper, Phil, Donna, Jack, etcétera) regresan en esta nueva novela, en la cual se retoma la acción allí donde terminó la anterior: en un búnker subterráneo donde permanecen recluidos un grupo de militares cuya existencia depende del sistema de purificación de aire de su refugio.

 Prisioneros

 Los civiles refugiados en la base se encuentran a salvo, pero deben mantenerse aislados en todo momento para evitar contagiar a los soldados. La situación, bastante incómoda desde el principio, amenaza con volverse insostenible cuando los respiraderos que proveen de aire al búnker comienzan a ser bloqueados por los miles de zombies que se amontonan en el exterior.

 Cuando los oficiales al mando del lugar deciden hacer frente a la horda de muertos vivientes, el grupo de supervivientes civiles optará por abandonar un lugar donde queda claro que ya no es posible resistir. Tras un viaje accidentado, su camino se cruzará con el de Richard Lawrence, piloto de helicóptero que les hablará de un aeródromo donde otros no infectados se preparan para trasladarse a una isla. El plan, difícil pero factible, conllevará la promesa de una vida sin la constante amenaza de los revividos. ¿Conseguirán, al fin, concluir su terrible odisea?

 Un patrón reconocible

 Tras leer decenas de novelas “de zombies”, y después de ver innumerables películas (y, recientemente, alguna serie televisiva) con abundante presencia de muertos vivientes, es inevitable comprobar cómo surge un patrón narrativo asumido, en mayor o menor medida, por casi todos los escritores que cultivan el género hoy en día.

 Tenemos un acontecimiento desencadenante, ya sea un virus, el paso de un cometa cerca de nuestro planeta, magia negra, o un germen mutado, como sucede en la obra que comentamos. Sea como fuere, los muertos vuelven a la vida para dedicarse a perseguir y devorar a los no afectados. Las víctimas que quedan en buen estado se unen a la horda, y el ciclo se repite una y otra vez.

 Los supervivientes suelen ser personajes solitarios, pero no por mucho tiempo: en el número se encuentra la fuerza, o eso se suele decir. En esos grupos formados de manera fortuita, habrá lugar para quienes se adapten a la situación y acaben deviniendo en líderes, junto con víctimas de las circunstancias que se dejarán conducir dócilmente a dónde les guíen los anteriores. Por descontado, más de un ejemplo de seres egoístas cuyas acciones irreflexivas acabarán por poner en peligro al resto de sus compañeros.

 Si a todo lo anterior añadimos el saqueo de cualquier establecimiento donde pueda obtenerse comida o suministros, y la tendencia a refugiarse en un lugar en principio seguro que no tardará en convertirse en una trampa mortal, el esquema de la novela de zombies típica se completa. Y a dicho esquema se ciñe Moody en sus obras, como tantos otros autores lo han hecho y lo harán, aportando pequeñas pinceladas narrativas destinadas a darle a sus historias una pátina personal (el germen que origina la plaga;  el carácter inofensivo de los muertos vivientes, fácilmente manejables en pequeños grupos; o la particular evolución experimentada por los mismos según aumenta el tiempo que lleven reanimados).

 El monstruo definitivo

 En 1968, George A. Romero estrenó “La noche de los muertos vivientes”, y al hacerlo creó unas criaturas icónicas cuya salud sigue siendo excelente a pesar del casi medio siglo transcurrido. El zombie de Romero no fue el primero en asomar a la gran pantalla o en la literatura, pero sus características definitorias hacen de él un ser más aterrador que sus predecesores e, incluso, que cualquiera de los aparecidos con posterioridad.

 Un muerto viviente no piensa, carece de instinto de autoconservación y es incapaz de sentir miedo. Es muy difícil de matar y, si bien en solitario no suele representar una gran amenaza (salvo el caso de los modernos zombies “rápidos”), tiende a cazar en grupo. Su único deseo es devorar carne humana, y mientras se dedica a tratar de satisfacerlo siembra el mundo de nuevos revividos. Se trata de un enemigo implacable e incansable y, probablemente, invencible. El monstruo definitivo.

 Una extraña fascinación

 Las historias ambientadas en un mundo dominado por las hordas de revividos pueden analizarse (y lo han sido con frecuencia) como metáforas de tal o cual aspecto de nuestra sociedad. Posiblemente tales análisis sean pertinentes, o quizás se trate de mera retórica vacua. Pero lo que parece evidente es que existe una fascinación por esos seres putrefactos, una fascinación aparentemente inexplicable. ¿O no lo es?

 En el fondo, todos disfrutamos enfrentándonos al horror, y sonreímos aliviados cuando el Mal resulta derrotado. Pero los finales felices acaban por cansar y, en ocasiones, necesitamos que alguien nos ofrezca una historia en la que la muerte sea la única recompensa que obtengan los héroes tras enfrentarse a terribles pruebas. Todo lector de historias de zombies sabe que no conviene encariñarse con ningún personaje, y la incertidumbre sobre el destino de los protagonistas de dichos relatos convierte la lectura en una experiencia ciertamente angustiosa. No obstante, aceptamos y, en cierto modo, anhelamos sentir tal angustia. Así, los autores como Moody nos dan aquello que buscamos, y sus lectores seguimos volviendo a por más.

 Una larga saga

 Además de las tres obras de Moody sobre muertos vivientes publicadas hasta la fecha por Minotauro, el autor inglés cuenta en su haber con otros tres volúmenes de la saga: Autumn: Disintegration, Autumn: Aftermath y Autumn: The Human Condition. Por lo tanto, si la editorial sigue apostando por ofrecernos dosis periódicas de buen divertimento zombie, creemos en El Mar de Tinta que no tardaremos demasiado en conocer qué depara el destino a quienes continúan con vida al final de “Zona zombie”. Confiemos en ver cumplida nuestra predicción.


José Rafael Martínez Pina

 
Nací en 1973. Me licencié en Filología Inglesa en la Universidad de Alicante, y soy profesor de inglés en mi propia academia. A pesar de trabajar doce horas al día, inexplicablemente encuentro tiempo para leer dos o tres libros cada semana. Además de la lectura, me apasionan la música, el cine, las buenas series de televisión, la comida china y escribir.


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