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Breve historia del culo

 

 
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Si pretende encontrar una novela contada en primera persona sobre las peripecias de sus posaderas, “Breve historia del culo” de Jean-Luc Hennig (Editorial Principal de los libros) no es el lugar adecuado. Más bien se topará con las aventuras del trasero en ambientes tan dispares como el cine, la literatura, la pintura o incluso la […]

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Posted 17/02/2013 by

 
Reseña
 
 

Si pretende encontrar una novela contada en primera persona sobre las peripecias de sus posaderas, “Breve historia del culo” de Jean-Luc Hennig (Editorial Principal de los libros) no es el lugar adecuado. Más bien se topará con las aventuras del trasero en ambientes tan dispares como el cine, la literatura, la pintura o incluso la publicidad explicadas a modo de ensayo mordaz.

Muchos ya sabrán de su existencia, pues su lanzamiento data de 2010, pero es difícil obviar un título semejante aunque hayan pasado varios años desde su publicación. “Breve historia del culo” consta de 33 capítulos cortos con enunciados sugerentes como “El culito”, “Raja”, “Azotes” o “Sodomitas”. Bajo esos nombres se esconde aquello que alguien puede esperar y más en un curioso ejercicio por dignificar una de las partes especialmente denigradas de nuestra anatomía.

El culo es culto

Casi todo en esta vida tiene su particular historia. Según el paleontólogo Yves Coppens la existencia de los glúteos coincide con la adopción de la posición erguida y la marcha bípeda hace tres o cuatro millones de años. Así comienza el libro, poniéndonos en antecedentes para comprender los acontecimientos posteriores. Si bien es cierto que en el presente las referencias al culo son cuanto menos ingratas, la zona donde la espalda pierde su nombre ha sido ensalzada desde épocas insospechadas.

Basta con acercarse al mundo de la pintura para empezar a ver el culo con otros ojos, con el protagonismo idóneo y las alabanzas a las que ya no está acostumbrado. Por ejemplo, Las Tres Gracias conforman una idea representada por artistas de la talla de Botticelli, Rafael, Correggio o Rubens en cuyos cuadros la silueta femenina, y en especial el culo, lucen en su máximo esplendor.

Que el culo es culto, es innegable. En la literatura el trasero se acopló al blasón, género del Siglo XVI empleado tanto para elogiar como para satirizar realidades diversas. Algunos estudiosos del cine, por su parte, creyeron que las nalgas de las actrices podían clasificarse en tres formatos (cuadrado, rectángulo vertical y rectángulo horizontal); por último, el autor parafrasea a Michel Tournier para definir el Rugby como el gran deporte del culo: “los hombres se agrupan así para poner un huevo, que después se pasan de mano en mano y que, además, les sale por el culo”.

Aproximándonos a la actualidad, el culo tiene cabida y celebra su belleza en la disciplina publicitaria. Lo dice Hennig: da igual que sea para vender neumáticos, refrescos o geles, el culo posee su hogar perfecto en los anuncios. Tampoco nos desagrada en el ámbito de la danza. Nos encantan los pompis bailarines… una opinión no compartida con la Iglesia cuando en el Concilio de 1212 consideró el baile “la cerilla que prende la lujuria”.

Humor, escatología y violencia

El capítulo capaz de adoptar esos tres calificativos a modo de puzzle indestructible es “Caníbal”. La cocina infernal del “culo salteado” ideada por Issei Sagawa en 1981 alberga la típica leyenda macabra que cualquier amigo podría contarle sin dar crédito a sus palabras. La víctima fue una estudiante holandesa, asesinada, violada y convertida en comida por este orden. Después del escándalo, Issei se abandonó a la pintura y a escribir una autobiografía en la que da detalles espeluznantes de su festín.

El apartado dedicado al “Agujero” nos parecerá de todo menos repugnante tras el menú de carne humana. Hallaremos en esas hojas las cualidades “pedorreras” de dicho orificio, a menudo comparado con el infierno. El escritor Henri Estienne (siglo XVI) narra en una de sus obras las amenazas de un predicador a sus oyentes mientras señalaba el culo del campanero del pueblo: “¿Qué pensáis que es el infierno? ¿Veis ese agujero? Huele muy mal, ¡pues el agujero del infierno es todavía peor!”

Jean-Luc Hennig utiliza con total naturalidad un vocabulario en otra circunstancia de mal gusto, inapropiado. Pero en “Breve historia del culo” es tolerable hasta donde los escrúpulos de cada uno aguanten. En más de una ocasión nos sorprenderemos esbozando una sonrisa picarona. Los agujeros y las rajas tienen permiso para expresarse, los mirones de asomarse a cazar una rica y poderosa imagen sensual.

Cómo se las gasta Hennig

Hablar del autor es hablar de un tipo en constante evolución y aprendizaje. El francés ha sido profesor y periodista; ahora se dedica a su mayor pasión, la literatura, vinculándola a menudo con el erotismo y la muerte. Echando un vistazo a algunos de sus títulos nos damos cuenta de la predilección por las mencionadas temáticas: “Erótica del vino”, “Diccionario literario y erótico de las frutas y legumbres”, “El voyeur” o “Morgue”.

“Breve historia del culo” consta de 237 páginas ágiles con múltiples referencias al arte reflejando la enorme labor de documentación y la complejidad del contenido. Estamos seguros de que su traductor, José Miguel González Marcén, se lo pasó tan bien como nosotros intentando transmitirnos el mensaje que hoy disfrutamos en lengua española.

Como último intento por captar la atención de los futuros lectores diremos que en Libération le califican de “especialísimo erudito de nuestras partes carnales”; en el Daily Telegraph puntualizan: “descarado y profundamente fascinante”; en L’Express tachan su obra de “delicioso y picante divertimento”. Sobran razones para embarcarse en un libro al que exprimirán su jugo los interesados en la historia en general y en el arte en concreto.


Cristina Aibar García

 
Soy una periodista madrileña especializada en radio. El dominio de la palabra nos hace más fuertes, y en mi carrera de fondo por lograrlo cobra gran importancia la lectura. Su presencia en mi vida se la debo a mi madre, quien desde muy pequeña me inculcó su amor por la literatura. Otras de mis aficiones son pintar y practicar escalada. Ambas, junto al placer de leer, dejan que roce por momentos la agradable sensación de libertad.


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